Hacia un perfil profesional transmoderno


Universidad Nacional de Córdoba
Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño

Resumen

Este texto comienza sintetizando tres desafíos que deberá abordar la Arquitectura a principios del siglo XXI. Desde ese punto de partida, se propone realizar un análisis crítico del perfil profesional, para lo cual se destaca, en primer término, un conjunto de características relacionadas con el origen moderno de la disciplina. Estas características fueron ampliamente cuestionadas durante la segunda mitad del siglo XX, en una crisis disciplinar que se abordó con el nombre de crítica posmoderna. Sin embargo, este artículo apunta a revelar la necesidad de recuperar algunas de esas características modernas para lograr hacer frente a los desafíos venideros. Esto no implicará abandonar las características que buscaba incorporar la crítica posmoderna. Por el contrario, luego de este análisis crítico de características modernas y posmodernas, se propone dar un primer paso hacia la construcción de un nuevo perfil profesional capaz de reinterpretar algunas características disciplinares heredadas de la modernidad y conciliarlas con el legado de la crítica posmoderna. Por surgir de un posicionamiento crítico frente a la modernidad, orientado según los requerimientos particulares del propio contexto, se propone denominarlo perfil profesional transmoderno.

Palabras clave
Perfil profesional en Arquitectura, Modernidad, Posmodernidad, Transmodernidad

Recibido
11 de diciembre de 2020
Aceptado
30 de abril de 2021

Introducción

La pandemia de la COVID-19 puso de manifiesto la continuidad de viejos desafíos pendientes para la Arquitectura. Problemáticas cuya resolución requiere transformaciones del ambiente construido, involucrando –de alguna manera– las incumbencias profesionales. En líneas generales, desde la consolidación disciplinar hasta principios del siglo XXI, el perfil profesional ha encontrado serias dificultades para contribuir en estrategias integrales que permitan alcanzar soluciones ante estos desafíos, mientras que, por el contrario, se ha incorporado mejor en procesos que agravan estas situaciones. Con destacables excepciones, la Arquitectura ha generado aportes superficiales, fragmentarios, o se ha diluido en otras disciplinas para tratar de ensayar respuestas siempre incompletas y con dificultades para sostenerse en el tiempo.

Este artículo comenzará definiendo tres problemáticas recrudecidas ante la pandemia, para pasar a identificar cuatro obstáculos disciplinares que emergen al abordarlas. A continuación, los obstáculos identificados serán asociados a dos características que forman parte del perfil profesional consolidado durante la modernidad, características ampliamente cuestionadas por la crítica posmoderna de la segunda mitad del siglo XX. Sin alentar un falso optimismo, como contracara de este cuestionamiento, se mencionarán algunas características que formaban parte del perfil profesional moderno, abandonadas o deslucidas a raíz de esta crítica posmoderna. Por último, el trabajo avanzará hacia una postura propositiva, delineando posibles estrategias para lograr un nuevo ensamblaje, descartando aquellas características modernas caducas, e integrando el aporte de la crítica posmoderna.

En síntesis, este texto propone analizar tanto el perfil profesional moderno, como la crítica posmoderna, para encontrar las características que puedan contribuir al abordaje de los desafíos del siglo XXI, proponiendo una serie de tareas que contribuyan a lograr su reensamblaje en un nuevo perfil profesional, considerando que esta operatoria no implica una negación absoluta de la modernidad sino una interpretación situada, guiada por los requerimientos del contexto, se propone concebir a este perfil profesional como transmoderno.

Es necesario aclarar que se referirá al perfil profesional como rol ocupacional específico, socialmente reconocido, con una incumbencia delimitada y un ejercicio institucionalmente validado. Además del ámbito ocupacional inmediatamente asociado a lo profesional, convergen en este perfil otros dos planos de discusión: lo académico, que refiere a la validación institucional del conocimiento; y lo disciplinar, que remite a los conocimientos en sí, como sustento epistemológico tanto del ámbito académico, como de la legitimación social del ejercicio profesional. Estos planos (profesional, académico y disciplinar) no se encuentran aislados. Por el contrario, se van transformando el uno al otro. En esta dinámica constante, el perfil profesional sirve como un eje de confluencia desde donde propiciar discusiones asociadas a la transformación sinérgica entre disciplina, profesión y academia.

Desafíos pendientes

Al revisar artículos y entrevistas que buscan esclarecer los aportes de la Arquitectura frente a la pandemia, puede notarse que esta crisis, más que transformar radicalmente las búsquedas disciplinares, reflotó viejas problemáticas irresueltas. Con el solo objetivo de encontrar un punto de partida desde donde comenzar a pensar la inserción del perfil profesional en este contexto convulsionado, se propone sintetizar la multiplicidad de problemáticas interrelacionadas en tres grandes desafíos que deberá abordar la Arquitectura durante lo que resta del presente siglo: contribuir a mejorar la salud de la población, abordar la problemática ambiental y contrarrestar la profunda desigualdad habitacional.

D1 Salud integral: es necesario mejorar, mediante el diseño, las condiciones integrales de salud de la población. Durante el siglo XX, la Arquitectura logró contribuir a mejorar la salud de una porción reducida de la población del mundo, aunque desde una postura decimonónica, normativa e higienista. Peter Hall menciona la salubridad como una de las guías del desarrollo del urbanismo y la arquitectura moderna, concluyendo –al final del libro– en la escasa repercusión alcanzada sobre la calidad de vida de la población mayoritaria del mundo (Hall, 1996). Por supuesto, la concepción de la salud, ha evolucionado desde fines del siglo XIX para transformarse en un concepto de mayor complejidad, basado en parámetros dinámicos construidos junto a la población involucrada (Redacción Canal Abierto, 2020). Se requiere incorporar a la Arquitectura, como profesión, en la construcción de esta nueva concepción de la salud, y en su implementación a gran escala.

D2 Ambiente: la Arquitectura debe orientar sus esfuerzos a reducir (y reparar) el daño producido por la urbanización y las transformaciones territoriales sobre el ambiente, incluyendo en este concepto las formas no humanas de vida –usualmente consideradas como entorno natural– y la cultura material históricamente construida, conocida como entorno patrimonial. Por más que estas variantes sobre la problemática ambiental impliquen abordajes y metodologías diversas, encuentran una raíz común en la concepción puramente mercantil, como recursos, de ciertos factores que correspondería considerarlos bienes o valores constitutivos e inalienables para la vida en sociedad (Schumacher, 1994).

D3 Desigualdad habitacional: la disciplina arquitectónica debe contribuir a contrarrestar las desiguales condiciones habitacionales de la población. El ejercicio profesional en Arquitectura ha servido a la ostentación y el consumo conspicuo por parte de una porción minoritaria de la población que exhibe sus condiciones de lujo y confort. En cambio, ha brindado pocas e incompletas respuestas a una población mayoritaria del planeta. Incluyendo en este último grupo tanto a quienes no pueden acceder a servicios profesionales, como a quienes acceden por medio del mercado o del Estado, pero obteniendo respuestas poco adecuadas a sus requerimientos. Por este camino, el siglo XXI anuncia una marcada polarización en el acelerado proceso de urbanización, que requiere transformaciones profundas, a gran escala, para evitar que estos contrastes conduzcan a una fragmentación social irreversible (Furlong, 2020).

Obstáculos disciplinares

Sin intenciones de simplificar la multicausalidad de estas problemáticas, hay que reconocer que entre las dificultades económicas y sociales para hacer frente a estos desafíos, pueden detectarse algunos obstáculos propios de la consolidación moderna de la disciplina arquitectónica. En este punto, hay que aclarar que la Arquitectura no lograría resolver por sí sola ninguno de estos desafíos. Solo logra incidir en ellos integrando procesos más amplios.

En el interior del perfil profesional moderno, pueden identificarse algunos obstáculos
–fundados en saberes disciplinares y validados desde las academias– que dificultan la integración del ejercicio profesional en aquellas dinámicas capaces de hacer frente a los desafíos anteriormente mencionados (D1, D2 y D3). Continuando con el ejercicio sintético del paso anterior, se propone sistematizar los obstáculos de la siguiente manera: sujeción y dependencia ante las elites, adopción de posturas evasivas, superficialidad y dificultades para integrarse en dinámicas sociales.

O1 Elitismo: en Arquitectura, el perfil profesional se construye mirando hacia los sectores con mayor poder adquisitivo, brindando la espalda a la población de menos ingresos. Esta tendencia a focalizar la mirada hacia un grupo minoritario, de elite, no es solamente una estrategia de mercado. Aunque apunte a mejorar perspectivas laborales, responde también a una lógica de construcción de hegemonía, donde diferentes formas de poder (desde las instituciones, los medios y la financiación) instalan un conjunto de valores, un imaginario al cual los arquitectos y arquitectas adhieren por pertenencia o de manera aspiracional, tratando de ganar la aceptación de una aristocracia capaz de garantizarles un buen posicionamiento social o, al menos, la subsistencia (De Carlo, 1992).

O2 Evasión: dificultades para conectar con las problemáticas profundas de la sociedad. Son conocidas las anécdotas, mitos y referencias artísticas que relacionan el perfil profesional en Arquitectura con posturas evasivas, asociándolo a un universo de ensoñación idílica, abstraído de la imperfección mundana de la realidad frustrante. Es un rol profesional instalado en lo alto de una torre de marfil que permite soñar con monumentos impolutos, pero poco eficaces a la hora de abordar la complejidad dinámica e imperfecta de la cotidianeidad (Habraken, 1986).

O3 Superficialidad: mientras la Arquitectura integra aspectos diversos relacionados con la materia, el tiempo y el espacio, la profesión desatiende muchos de estos factores poniendo especial atención en un abordaje particular de la estética. Con esto no se pretende negar el valor primordial de los aspectos visuales dentro del universo simbólico en el que habita el ser humano. Se propone cuestionar un abordaje puntual y excluyente de la estética, estrictamente apegado a la repetición de un canon visual previamente consagrado. Los juicios que guían la acción y el conocimiento del perfil profesional en Arquitectura se rigen estrictamente por esta superficialidad estética, dejando de lado aspectos profundos de carácter social, económicos, de construcción de significados, entre otros. Esta visión epidérmica conduce a pensar que la adecuación de la realidad según una normativa estética determinada logra transformar factores profundos de la sociedad. Es decir, se produce un determinismo espacial, donde se transforma una porción de territorio o ciudad, confiando en que ese cambio de apariencia inducirá, por sí solo, a resolver las problemáticas sociales subyacentes (Burgess, 1978).

O4 Ignorancia organizativa: la frecuente comparación de la Arquitectura como una operación de maquillaje y la alusión a sus profesionales como decoradores de pastelería (Pradilla y Jiménez, 1973), evidencia una crítica a la superficialidad, pero además, cuestiona un desconocimiento de los procesos profundos que condicionan la organización de los recursos materiales y energéticos que se despliegan en el espacio. El perfil profesional se desentiende de una multiplicidad de factores plenamente afectados por sus decisiones y acciones. Desde finales del siglo XIX, la formación profesional ha intentado incorporar progresivamente aspectos relacionados con las facetas técnicas de la edificación, a mediados del siglo veinte se comenzó a brindar mayor atención a aspectos culturales relacionados con la construcción histórica de significados. Frente a esta gradual mejoría, el perfil profesional permanece aún ajeno a factores económicos y sociales –a los procesos de toma de decisiones– que a fin de cuentas determinan las transformaciones del ambiente construido. Durante las últimas décadas del siglo XX, diferentes autores aportaron conocimientos que pueden contribuir a remover al perfil profesional de la postura inocente y prístina, como analfabeto de las dinámicas de poder, para comenzar a incidir en los desafíos actuales desde la gestación de los procesos organizativos que terminan transformando la realidad (Montaner y Muxí, 2011).

Antecedentes

Características modernas del perfil profesional

Este trabajo propone revisar la raíz de estos obstáculos en el perfil profesional moderno. Con esta categoría, se aborda el perfil profesional surgido en el Renacimiento, consolidado con las academias posteriores al siglo XVII y cuestionado sistemáticamente durante la segunda mitad del siglo XX. Los obstáculos analizados en el apartado anterior pueden relacionarse, en primer término, con dos características propias de este perfil profesional: la centralización vertical de las decisiones y el criterio de autoría.

CM1 Centralización del proceso de toma de decisiones: implica entender el perfil profesional en Arquitectura como el brazo ejecutor del poder. El proceso de toma de decisiones se concentra en una figura única, que se convierte en intérprete espacial del modo de vida del comitente que encarga la obra. En lugar de seguir un camino complejo, por momentos errático, con múltiples idas y vueltas –tal como pasa en todo proceso social– las decisiones sobre las transformaciones del ambiente construido se concentran verticalmente en un perfil profesional cuya trascendencia y subsistencia depende de su afinidad con los sectores de poder.

Roberto Fernández afirma que el proyecto,

contiene un dispositivo de poder, una voluntad de imposición que tiende a considerar históricamente lógica la reducción de intersubjetividad que significa el paso del modo pre-proyectual gremial medieval al modo proyectual renacentista […] el proyecto se des-socializa, se de-contextualiza y se des-urbaniza […] circuito este que además, desprecia la serialidad coral y exige la firma, la novedad, la propiedad intelectual (2011, p. 283).

Para apreciar esta concentración de poder, esta des-socialización del proyecto, resulta apropiado repasar un fragmento del libro Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia de Gilles Deleuze y Félix Guattari sobre el paso desde la construcción coral realizada a pie de obra por los gremios hacia el proyecto métrico realizado en un gabinete. En este texto se alude a los compagnons como constructores medievales que viajaban por Europa erigiendo las catedrales góticas. Esta condición nómade los dotaba de “potencia activa y pasiva –movilidad y huelga–” (2004, p. 374), lo cual contrastaba con la lógica de control asociada al proceso de conformación de los estados. Ante esta situación:

La respuesta del Estado es dirigir las obras, introducir en todas las divisiones del trabajo la distinción suprema de lo intelectual y lo manual, de lo teórico y lo práctico, copiada de la diferencia “gobernantes-gobernados”. […] Al plano sobre el suelo del compagnon gótico se opone el plano métrico sobre papel del arquitecto exterior a la obra. […] A la talla por corte a escuadra de las piedras se opone la talla por paneles, que implica la construcción de un modelo reproducible. No sólo se dirá que ya no se necesita un trabajo cualificado: se necesita un trabajo no cualificado, una descualificación del trabajo. El Estado no confiere un poder a los intelectuales o creadores de conceptos, sino que, por el contrario, los convierte en un organismo estrechamente dependiente, cuya autonomía sólo es ilusoria, pero que, sin embargo, es suficiente para anular toda capacidad a aquellos que ya sólo hacen reproducir o ejecutar (Deleuze y Guattari, 2004, p. 374).

Estos fragmentos permiten comprender el surgimiento de un perfil profesional situado por encima de la impureza de la obra, educado en las artes liberales para internalizar el refinamiento estético que pueda representar la estirpe del comitente. Nace, con la modernidad, un perfil profesional capaz de evadirse de las nimiedades de la cotidianeidad para instalarse en un plano superior que piensa la totalidad de la obra –hasta en su más mínimo detalle– para que otros abandonen su capacidad de decisión y se limiten a construirla.

CM2 Criterio de autoría: la centralización de las decisiones en una figura capaz de interpretar los intereses y preferencias de los poderosos remite inmediatamente a la idea de mecenazgo. Responde a la necesidad de crear una figura que cumpla con la función autor (Foucault, 1987). Es en este esquema de poder donde debe rastrearse la concepción del arquitecto (en masculino) como genio artístico individual, lejos de la suciedad de la albañilería y las dinámicas sociales cotidianas. La concepción de la Arquitectura como obra de arte, en el sentido moderno, contribuye a una percepción estática y divisible de la realidad, donde el proyecto marca una separación tajante con el contexto que le sirve de marco y las obras se mantienen impolutas y estables como monumentos. La capacidad de moldear la realidad de acuerdo con la belleza de sus ideas contribuye a reproducir el mito pigmaliónico, donde el profesional involucra sus propios sentimientos en el resultado material de la obra (Sennett, 2009).

Es un perfil profesional cuyo éxito depende de la magnitud de la obra construida y la fidelidad con que esta obra responde a su propia voluntad inicial congelada en el proyecto. Para plasmar, su propia subjetividad sobre el ambiente, requiere inevitablemente simplificar la realidad, siempre con la tentación de aplicar la tabula rasa. Es decir, entiende el territorio como un lienzo en blanco, donde toda situación amerita un proyecto con su propia firma. Esta incontinencia proyectual se apoya en siglos de construcción histórica de las herramientas disciplinares. Como dice el refrán popular: aquel que tiene en la mano un martillo, a todo le encuentra forma de clavo.

Las dos características anteriormente analizadas están profundamente vinculadas al pensamiento filosófico de la modernidad. La figura del diseñador posicionado en un mundo de ideas, por encima de la realidad a transformar, guarda relación con el solipsismo del pensamiento cartesiano elevado en una posición de objetividad como dominador del mundo exterior. Responde a un pensamiento que desprecia el hacer mundano y grupal en favor de la imposición racional de un esquema mental comprensible (Agacinski, 2008). A su vez, la centralización vertical de las decisiones con respecto a las transformaciones del ambiente se apoya en el carácter impositivo y dominador de la modernidad: la colonialidad (Dussel, 2005). Aquello que la modernidad consideraba como universalidad objetiva constituía simplemente un provincianismo europeo, que se instaló en el mundo, a sangre y fuego, como parámetro de normalidad y progreso. Al establecer el progreso como teleología, se estableció una doble cronología dentro de un mismo mundo geográfico, donde algunos vivían más cerca del progreso y otros más atrasados (Castro-Gómez, 2007). Con ese criterio, modernizar implicaba extraer a los atrasados de su temporalidad local para acercarlos a una temporalidad universal que avanzaba hacia el progreso. La disciplina arquitectónica se convertía en una herramienta para imponer este universal construido desde el pensamiento europeo, masculino, secular, que desprecia las identidades sometidas, los valores locales, la vivencia, el sentido colectivo, la cualidad corporal del ser humano y otra serie de conceptos particulares rescatados insistentemente por la crítica posmoderna.

Sin intenciones de transformar el artículo en un texto filosófico sobre la modernidad, interesa al menos entender que se trata de características del perfil profesional con profunda raigambre cultural. Lejos de generar desaliento, pensando que es imposible transformarlas desde la Arquitectura, es importante considerar que las disciplinas proyectuales tienen mucho para aportar en un debate más amplio que ya viene desarrollándose en otros campos del conocimiento.

Crítica y herencia posmoderna

Estas características modernas de la disciplina (CM1 y CM2) fueron ampliamente cuestionadas durante la segunda mitad del siglo XX. Es difícil sintetizar la postura de aquellos autores que buscaron generar un nuevo perfil profesional, dado que se apoyaban en corrientes de pensamiento diversas, combinando influencias del existencialismo, el estructuralismo, la teoría de sistemas, el pragmatismo o el constructivismo, entre otras. Todo esto, en un clima de efervescencia ideológica propiciado por la crisis del esquema bipolar de la Guerra Fría, cuando comenzaban a reestructurarse algunos discursos que habían mostrado cierta estabilidad durante el siglo XX, como el catolicismo, el marxismo, el pensamiento latinoamericano, y por supuesto, la Arquitectura.

Para renovar el perfil profesional del siglo XX, estos autores se apoyaron en valores que consideraban previos, inalterados o superadores de la modernidad. Algunos rescataron la sabiduría de los tejidos tradicionales y las viviendas realizadas sin profesionales (Rudofsky, 1965; Turner, 1967), otros pretendían rescatar un concepto profundo del habitar que permanecía inalterado por las superestructuras modernas (Alexander, 1978; Habraken, 1975). Con distintos grados de rigurosidad en cuanto a la fundamentación histórica y empírica, estos autores contribuyeron a forjar cuatro características que intentaban superar la centralización del proceso de toma de decisiones y el criterio de autoría: la complejidad, el énfasis en los aspectos relacionados con la gestión de la arquitectura, la indeterminación y la participación.

CP1 Aceptación de la complejidad:
el pensamiento de la segunda mitad del siglo XX contribuyó a forjar una crítica sobre el espíritu normalizador de la arquitectura moderna. Buscaba escapar a la visión universal, esquemática y poco comunicativa de la disciplina encerrada en su propia burbuja y proponía un perfil profesional adaptado a un mundo dinámico, complejo, conciliando múltiples intereses y diversidad de identidades (Verdaguer, 1998).

CP2 Énfasis en la gestión: la modernidad, como disolución de estructuras anquilosadas, no pudo mantener durante mucho tiempo una concepción estática e inmutable de la Arquitectura y la ciudad. Apoyada en las corrientes artísticas que buscaban escapar de la transformación de las obras artísticas en mercancías (Benjamin, 2006), y montada en el ritmo frenético de la globalización, la disciplina dejó de concebir las transformaciones ambientales como la erección de objetos estáticos, monumentales y resistentes al tiempo, para poner el énfasis en los procesos que la Arquitectura involucra y desencadena (Halprin, 2014).

CP3 Heurística: al comprender la complejidad de las transformaciones del ambiente construido, luego de abandonar las intenciones de plasmar su individualidad a través de la obra de arquitectura, el perfil profesional posmoderno aceptó la posibilidad de abrir el proceso de diseño y construcción hacia lo emergente. En lugar de prever un camino directo, desde la preexistencia hacia un escenario deseado definido en todos sus detalles, se contemplaba la posibilidad de revisar el rumbo propuesto en función de las contingencias que pudieran presentarse a lo largo del proceso (Habraken, 1987).

CP4 Construcción participativa: luego de internalizar la diversidad, la heurística y el énfasis en aspectos organizativos, el perfil profesional comenzó a considerar al proceso de toma de decisiones como otro aspecto factible de ser diseñado. Se generaron así, una serie de metodologías que apuntaban a incorporar al proceso de toma de decisiones sobre las transformaciones ambientales a grupos o actores usualmente marginados (Collymore y Erskine, 1982).

Una modernidad no colonial en Arquitectura

Tal como suele realizar el capitalismo con las ideas más radicales, las características del perfil profesional surgidas de la crítica posmoderna fueron rápidamente vaciadas y asimiladas al funcionamiento del sistema económico global. Con esta reflexión no se pretende culpar a los autores que impulsaron la crítica posmoderna por el modo en que el mercado desvirtuó sus ideas. Aunque tampoco sería lógico, descartar el valioso legado que hicieron a la disciplina arquitectónica. El verdadero problema es que la entronización de estas características posmodernas, aggiornadas, sirvió como excusa para dejar de lado aquellas características modernas de gran utilidad para abordar las problemáticas estructurales que atraviesa la humanidad. En ese sentido, la encrucijada planteada por la crítica posmoderna, lejos de lograr reposicionar al perfil profesional frente a los problemas de la sociedad, terminó por acentuar el elitismo, la evasión, la superficialidad, la connivencia con el poder consolidado. En el afán por despojarse de una modernidad colonial, se deshizo principalmente de una modernidad emancipadora, generando un perfil profesional volátil, asimilable y esterilizado.

Interesa a este apartado descubrir cuáles fueron las características modernas –de utilidad para el futuro– que se perdieron por el camino de la posmodernidad. Continuando con la lógica sintética, y algo taxonómica, se propone establecer las siguientes características: la capacidad de previsualizar escenarios futuros, el sentido crítico con respecto al pasado y el dominio de técnicas que permitan optimizar materiales y superar la escasez.

CM3 Previsualización: la modernidad potenciaba y combinaba dos capacidades innatas del ser humano: la abstracción y la anticipación. Estas características, relacionadas, permiten planificar, imaginar escenarios posibles. La modernidad brindó herramientas técnicas más precisas a la hora de representar con antelación la imagen a alcanzar. Mediante una serie de gráficos, el proyecto lograba instalar en un plano objetivo una situación deseada, una idea, que hasta ese momento pertenecía al plano personal de la subjetividad. Con lo cual, el proyecto es una herramienta útil, no solamente para el poderoso que fideliza el pasaje desde un escenario deseado hacia su ejecución, sino también para aquellos que necesitan construir un escenario deseado, una idea común y comunicable. Esta capacidad de antelación del proyecto, que logra comunicar (e incluso consensuar) un escenario posible, no debería sacrificarse en nombre de la diversidad y la aceptación de la incertidumbre. Por el contrario, sería de gran utilidad para abordar transformaciones estructurales que requieran articular múltiples actores sin caer en una lógica reduccionista y autoritaria (Fernández Castro, 2010).

CM4 Crítica de lo existente: la simple repetición de una solución previamente tipificada no implica, necesariamente, diseñar (Liernur, 2014; Manzini, 2015). Desde este punto de vista, el diseño, y principalmente el proyecto, nacen cuando se requiere superar una problemática presente en base a soluciones que todavía no forman parte del repertorio de ejemplos del pasado. De allí que, proyectar requiera una reflexión sobre la problemática presente, pero también una crítica sobre las soluciones anteriores. El proyecto pretende aportar a una situación presente, cuestionando la tradición, criticando el pasado. Esta cualidad moderna, que interpela al orden vigente, puede ser de suma utilidad para escapar a ciertas adaptaciones acomodaticias del perfil profesional posmoderno. Mantener este sentido crítico de la modernidad, que busca remover imposiciones del pasado, resulta fundamental para evitar que las dinámicas de la gestión, la participación y la descentralización caigan rápidamente en la manipulación (Arnstein, 1969), la demagogia (Miessen, 2010; Till, 2011), el diseño por promedio o la fuerza homogeneizante y conservadora de la hipocresía colectiva (Blondiaux y Sintomer, 2004).

CM5 La optimización material: el perfil profesional moderno en Arquitectura procuraba conocer y controlar aquellas herramientas técnicas que permitieran mejorar la relación entre el ser humano y la condición material de su contexto. Esto no quiere decir abandonar el proyecto como campo de estudios de escenarios hipotéticos, ni renunciar a la condición simbólica del entorno construido, pero hay que reconocer que enfatizar demasiado estas dos facetas de la Arquitectura puede servir como coartada para desentenderse de la promesa moderna asociada a la superación de la escasez a través de la técnica. Esto significaba incorporar en el perfil profesional una serie de herramientas técnicas, como el dibujo, el cálculo estructural, y los conocimientos sobre construcción detrás de un objetivo general orientado a optimizar el uso de los materiales y el alcance de sus beneficios. Los materiales pueden entenderse como recursos o como bienes en sí mismos, pero en ambos casos sería imposible negar su finitud. Durante la modernidad, trabajar en Arquitectura implicaba tomar una postura ante su condición de escasez. En la posmodernidad, los múltiples saberes que convergen en la Arquitectura tomaron cierta autonomía con respecto a este interés moderno de superar la escasez. Como si la Arquitectura ya no se interesara por mejorar las condiciones (materiales) de vida de la población. El perfil profesional parecía perderse por los caminos laberínticos de otras disciplinas, donde caminaba fascinado por la novedad, pero también con impericia. Resignaba las herramientas disciplinares adquiridas durante su formación, apartándolas de los procesos que contribuyen a mejorar las condiciones ambientales de las grandes mayorías históricamente excluidas de los beneficios de la producción material de la cultura (Montaner y Muxí, 2011).

La modernidad está intrínsecamente relacionada con la condición proyectual de la Arquitectura. Abandonar la condición proyectual implica vaciar la disciplina. El proyecto, permite anticiparse al futuro, criticar el pasado y sentar una posición ante la finitud de recursos. Por lo tanto, recuperar la condición proyectual, puede otorgarle a la disciplina la contundencia y radicalidad necesaria para abordar las transformaciones requeridas por el contexto actual. Por el contrario, dejar de lado la modernidad –como totalidad– conlleva a abandonar el potencial transformador de la disciplina.

Atenuaciones del diagnóstico

A mediados del siglo XX, una serie de autores criticaron el perfil profesional moderno buscando desarticular las características de centralización vertical de las decisiones y el criterio de autoría. En su reemplazo, lograron establecer algunas características posmodernas que contemplaban la diversidad, el énfasis en la gestión, la incertidumbre y la participación. Sin embargo, la intención de la crítica posmoderna por superar la modernidad derivó en la siguiente paradoja: la incorporación superficial de las características posmodernas logró mantener la centralización de las decisiones y el criterio de autoría (el carácter colonial de la modernidad), pero poniendo en riesgo la previsualización de escenarios futuros, la crítica de lo existente y la optimización material (la cualidad emancipadora de la modernidad). En ese sentido, el perfil profesional posmoderno no implica una superación de la modernidad, ni tampoco la cristalización de la crítica posmoderna. Surge del vaciamiento de ambas. Mantiene el carácter colonial de la modernidad, utilizando una máscara de características posmodernas aggiornadas.

En este punto, es necesario realizar algunas atenuaciones para evitar confusiones producto del afán por presentar una propuesta sintética y contundente. En primer lugar, ninguna de estas categorías estipuladas se presenta en estado puro, todas implican cierto esfuerzo de abstracción teórica. Esto puede notarse, por ejemplo, a la hora de definir la crítica posmoderna. Con este nombre se refiere a una serie de cuestionamientos hacia las características impuestas por la modernidad que cobraron impulso durante la segunda mitad del siglo XX. Por supuesto, no surgieron espontáneamente de la noche a la mañana sino que se apoyaban en otras disciplinas (Jacobs, 1967) o retomaban críticas precedentes, incluso anteriores a la consolidación de la arquitectura moderna. Por eso, entre las características defendidas por la crítica posmoderna pueden encontrarse ideas que Patrick Geddes abordaba a finales del siglo XIX. En realidad, las ideas de Geddes fueron recuperadas por los miembros del Team X, por Lewis Mumford y por John Turner, quienes aportaron a un momento de ruptura con respecto a la modernidad, posterior a la Segunda Guerra Mundial. A esta encrucijada disciplinar se la llama crítica posmoderna considerando que apuntaba, en el mejor de los casos, a una superación de la modernidad, y en las posturas más extremas, a un abandono total o un supuesto retroceso a condiciones previas.

En segundo lugar, hay que aclarar que la incorporación superficial de las características estipuladas por la crítica posmoderna estuvo guiada por las exigencias del capitalismo avanzado. Después de todo, el reconocimiento de la diversidad, el énfasis en la gestión, la indefinición y la participación se complementaban bien con la euforia consumista y la exaltación de la individualidad, propias de la cultura líquida de las últimas décadas del siglo XX. Por lo cual, estas características superadoras fueron rápidamente asimiladas al modelo económico globalizado que ponía el énfasis en la producción informal, descentralizada, la transformación constante del producto (sin stock fijo), la customización y los sistemas abiertos. Consciente o inconscientemente, este perfil profesional posmoderno convertido en facilitador de la identidad y la iniciativa del usuario guardaba similitudes con el discurso neoliberal, donde el Estado resignaba su centralidad en el proceso de producción para convertirse en un facilitador de oportunidades de negocio (Burgess, Carmona y Kolstee, 1997).

En tercer lugar, vale recordar que las características de centralización de las decisiones y el criterio de autoría no desaparecieron en el perfil profesional posmoderno. Peor aún, estas características se acentuaron todavía más en un grupo reducido de arquitectos y arquitectas que se consagraron como el sistema de estrellas (star system) difundido desde la prensa especializada y las academias. Estas figuras internacionales lograron mantener y exagerar la egolatría del perfil moderno mediante estrategias de marketing, creatividad genuina y complicidad cínica con los poderes que guiaron las grandes transformaciones urbanas (Sudjic, 2007). Estas figuras internacionales ocuparon un rol protagónico, estampando su firma en los grandes proyectos de carácter especulativo que buscaban posicionar a una ciudad determinada dentro de la red global. Sin embargo, en cada traspié del sistema económico, como la crisis del petróleo o la reciente burbuja inmobiliaria (2007-2009), cobraban mayor relevancia aquellos arquitectos y arquitectas que mejor incorporaban a su trabajo las características surgidas de la crítica posmoderna (Fernández Galiano, 2010). Tal como la crisis del petróleo propició la difusión de las ideas de John Turner, la explosión de la burbuja inmobiliaria (2007-2009) contribuyó al reconocimiento de las ideas de vivienda incremental de Alejandro Aravena (McGuirk, 2015).

Actualmente, el perfil profesional posmoderno se mantiene en disputa entre quienes profesan una incorporación más profunda de las características surgidas de la crítica posmodernas y quienes encarnan la continuidad de las características asociadas a la colonialidad moderna. En ese sentido, el sistema de estrellas, puede seguir dos posibles caminos. Puede constituir el canto del cisne del perfil profesional moderno en extinción, o puede mantenerse como hasta ahora, brindando servicios a una minoría cada vez más reducida, pero marcando el rumbo disciplinar de las futuras generaciones de profesionales, quienes verán menguar progresivamente su radio de acción (Sargiotti, 2018).

En todo caso, el desenlace con respecto al perfil profesional posmoderno resulta intrascendente. La simple incorporación de las características estipuladas por la crítica posmoderna no será suficiente para hacer frente a las problemáticas del siglo XXI. Mientras no logre reincorporar el carácter emancipador de la modernidad, el perfil profesional posmoderno será incapaz de superar los obstáculos disciplinares inicialmente mencionados.

Para enfrentar los desafíos del siglo XXI (D1, D2, D3), se requiere recuperar las características modernas que brindaban mayor radicalidad al perfil profesional moderno (CM3, CM4, CM5), combinándolas con una interpretación profunda de las características aportadas por la crítica posmoderna (CP1, CP2, CP3 y CP4). El siguiente apartado, propone tres tareas para lograr contribuir, desde el ámbito académico, a la construcción de este nuevo perfil profesional. Con el fin de brindarle mayor claridad comunicativa a ese nuevo rol profesional propuesto, reinterpretando características de la modernidad y la posmodernidad, se plantea denominarlo perfil transmoderno. Categoría que apunta a superar las aristas coloniales (jerárquicas, individualistas, instrumentalistas, eurocéntricas) cuestionadas por la posmodernidad, pero retomando el espíritu emancipador moderno en cuanto a la capacidad técnica de previsualizar futuros horizontes, criticando el pasado y dominando las técnicas que apuntan a superar la escasez.

Propuesta metodológica

Los antecedentes de este trabajo permiten deconstruir tanto el perfil profesional moderno como el posmoderno. El paso siguiente requiere comenzar a ensamblar un nuevo perfil profesional. Se trata de una empresa colectiva y gradual, donde este artículo solo logra avanzar un poco más en la labor iniciada por los autores previamente citados.

Si bien se propone aportar desde el ámbito académico de la docencia y la investigación, esta elección no debe considerarse restrictiva. En realidad, apunta a realizar un primer paso sobre territorio conocido, pero requiere futuras articulaciones con profesionales que ejerzan en ámbitos diferentes para crecer en alcance y potencia. Siguiendo una lógica similar a los apartados anteriores, se propone sintetizar el universo posible de acciones en tres tareas: redefinir la disciplina, reescribir la Historia de la Arquitectura y elaborar metodologías.

T1 Redefinición disciplinar: la Arquitectura, como disciplina, es un significante en disputa. Los ámbitos académicos y científicos permiten discutir acerca de lo que abarca la disciplina y lo que permanece por fuera de ella. Es por eso que una de las tareas principales es incorporarse a la contienda por esta base disciplinar donde se funda el perfil profesional. Se trata de presentar batalla ante aquellas definiciones de la Arquitectura estrictamente apegadas al criterio de autoría o a principios inmutables. Concepciones que impiden, en el primer caso, un abordaje colectivo, y en el segundo caso, la incorporación en procesos emancipatorios de ruptura. Frente a estas visiones restrictivas, se propone apostar por concepciones de la disciplina centradas en el proyecto, en cuanto previsualización de un escenario posible. Por supuesto, este rescate del proyecto moderno no implica necesariamente centralizar de forma vertical la totalidad de las decisiones, ni predefinir el conjunto de los detalles, ni mucho menos desentenderse de su responsabilidad frente a la finitud de los recursos. Es un proyecto transmoderno.

T2 Reescribir la Historia de la Arquitectura: la mirada disciplinar hacia el pasado genera un doble flujo. Cada disciplina construye su historia, mira hacia atrás, destacando aquellas experiencias que considera cercanas a su base epistemológica. Luego el flujo cambia de sentido cuando esa construcción del pasado, esa historia, permite validar, hacia adelante, lo que se entiende como propio de la disciplina. La Historia de la Arquitectura, como narrativa del pasado, recupera las experiencias y los personajes que mejor refuerzan la función autor (Foucault, 1987), es decir, la figura del genio creativo que centraliza las decisiones. Corresponde, a quien pretenda disputar la concepción de la disciplina, visibilizar otras maneras de abordar la Arquitectura. Demostrar que no tiene por qué quedar atada a esquemas opresivos de organización del poder. Existen numerosos ejemplos que permiten trazar continuidades, transiciones y rupturas a lo largo del pasado. Con lo cual, no constituyen excepciones filantrópicas o anacronismos ilusorios, tal como suelen ser abordados por la historiografía hegemónica. Por el contrario, estos antecedentes ayudan a entender abordajes de la Arquitectura que, por ahora, permanecen como ejemplos alternativos, y por ende subalternos.

T3 Elaborar metodologías: la posición subalterna de las experiencias que buscaron transformar el perfil profesional moderno no responde exclusivamente a las maniobras académicas de invisibilización. También hay que reconocer cierta debilidad metodológica que se traduce en dispersión (hay tantas metodologías como practicantes) y poca contundencia a la hora de disputar espacios académicos (más aún en el ámbito científico). Al apostar por la riqueza de los intercambios espontáneos, las experiencias que buscan descentralizar el proceso de toma de decisiones en Arquitectura se basan en la reiteración de un repertorio limitado de prácticas excesivamente motivadas por factores emotivos, muchas veces en desmedro de la calidad espacial del proyecto. Por eso, esta tercera tarea admite la necesidad de aprender de las experiencias pasadas, tanto por sus aciertos como por sus errores, para sistematizar metodologías que puedan presentarse como una opción válida para la formación de profesionales en Arquitectura. No ya como alternativas minoritarias al modelo hegemónico sino como la manera más apropiada de hacer frente a los desafíos del siglo XXI.

Conclusiones

Este artículo retoma una visión multidimensional tanto de la modernidad, como de la posmodernidad. Aceptando la posibilidad de separar las características que fueron integrándose al perfil profesional en Arquitectura a lo largo del siglo XX. Mediante esta operación de disección, se busca poner en valor aquellas características que debería reunir el perfil profesional en la disciplina para hacer frente a los desafíos del siglo XXI.

El itinerario realizado en este artículo comienza definiendo los desafíos que plantean dichos objetivos y los principales obstáculos disciplinares que impiden su abordaje. La raíz subyacente de estos obstáculos se descubre al indagar en dos características propias del perfil profesional consolidado durante la modernidad: la centralización vertical de las decisiones y el criterio de autoría. La crítica posmoderna logró establecer nuevas características para incorporar al perfil profesional relacionadas con la aceptación de la complejidad, la incertidumbre, el énfasis en la gestión y la participación. Sin embargo, hubo dos inconvenientes. En primer lugar, la incorporación de estas características fue superficial, y en segundo lugar, en la construcción de este perfil posmoderno se sacrificaron características del perfil profesional moderno de gran utilidad para afrontar los desafíos venideros. Perdieron interés la previsualización de escenarios hipotéticos, la postura crítica con respecto al pasado y la destreza técnica para optimizar los recursos. Es decir, características fundamentales del proyecto, en cuanto espina dorsal de la disciplina. Con esta pérdida, el perfil profesional limitó su alcance social, forzando la diáspora –hacia otras disciplinas– de aquellos profesionales comprometidos con la transformación de la realidad en sentido profundo e integral.

Además de proponer un posicionamiento crítico, este artículo plantea un punto de partida programático. Sugiere tres caminos diferentes que permiten aportar, desde diversas acciones individuales o grupales, dentro del ámbito académico, a la construcción de un nuevo perfil profesional. Las tareas a encarar se relacionan con la disputa disciplinar a nivel teórico, la reconstrucción histórica de experiencias, y la investigación en metodologías de diseño. Estos caminos no surgen de una invención original. Por el contrario, conforman una propuesta de sistematización para múltiples acciones que vienen desarrollándose como esfuerzos dispersos y discontinuos. Apuntan a encauzar las búsquedas de aquellos profesionales formados en las disciplinas proyectuales que pretenden aportar a las problemáticas actuales sin intenciones de abandonar la especificidad de su campo disciplinar.

Como todo ejercicio teórico, esta separación de características entrelazadas en un mismo perfil profesional exige un esfuerzo de abstracción y generalización. Implica pasar un cuchillo, tal como hacía Platón para separar “en la carne de las cosas […] lo sensible de lo imaginario” (Agacinski, 2008, p. 18). Esta maniobra quizás resulte algo torpe, general y ambiciosa en el contexto actual de fragmentación epistemológica del ámbito académico. Aunque, por otro lado, las críticas que puedan suscitar las categorías estipuladas, permiten propiciar futuras adecuaciones en pos de mayor especificidad. Por el momento, la contingencia exige cierto sacrificio momentáneo en cuanto a la precisión de las definiciones para ganar en contundencia.

Antes de que sea demasiado tarde, se propone utilizar la abstracción teórica como herramienta para salvar el conocimiento proyectual que reside en lo profundo del perfil profesional, pero adecuándolo para ponerlo a disposición de las exigencias del contexto. Es hora de desprenderse del lastre disciplinar que mantiene a la profesión atada a un sistema económico y social que degrada tanto la condición humana como las otras formas de vida que se desenvuelven en el planeta. Desde el compromiso académico con la construcción de conocimientos disciplinares, este artículo retoma el cuchillo de la teoría para imaginar, no solamente, por dónde cortar sino también cómo comenzar a hacerlo ■


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Palero, J. S. (2021, mayo-octubre). Hacia un perfil profesional transmoderno. [En línea]. AREA, 27(2). Recuperado de https://www.area.fadu.uba.ar/area-2702/palero2702/

Doctor en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura Urbanismo y Diseño (FAUD) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC); tesis doctoral “Arquitectura Participativa. Un estudio a partir de tres autores: Turner, Habraken y Alexander” dirigida por Ana Falú y aprobada con la máxima calificación. Docente de la FAUD UNC en las cátedras de Historia de la Arquitectura IIA e Introducción a la Historia de la Arquitectura y el Urbanismo. Becario posdoctoral de CONICET en el Instituto de Investigación de la Vivienda y el Hábitat (INVIHAB-FAUD-UNC). Becario posdoctoral de la Asociación Universitaria Iberoamericana de Posgrado. Publicó en las revistas Monográfico Ciudad Inclusión Social y Educación; Arquisur; Vivienda & Ciudad; y Cuaderno Urbano.